Umalia, Susana y Anabel

Umalia, Susana y Anabel,  

tres voces prisioneras en la penumbra,  

tres almas que el silencio devoraba,  

enclaustradas en la sombra de sus muros.

 

Vivían, sí, vivían — pero muertas,  

sepultadas bajo el polvo del olvido,  

ajenas al mundo, sordas al clamor,  

sin ojos para ver, sin manos para abrazar.

 

En esa casa oscura, cárcel sin barrotes,  

el amor se marchitaba, flor sin savia,  

y la vida se hacía dura piedra fría,  

que aplastaba sus sueños y sus ganas.

 

¡Pero vino el día! ¡Oh, día de fuego!  

El sol rompió el cerco de su encierro,  

y las tres, hermanas de sangre y de luz,  

alzaron sus rostros al viento liberador.

 

Y entonces, sintieron el sol en la piel,  

el latido nuevo de un mundo despierto,  

la esperanza brotando como un manantial,  

rompiendo cadenas, volviendo a nacer.

 

Porque ninguna sombra es eterna,  

ningún silencio puede apagar el alma,  

y quien se atreve a mirar al sol,  

despierta, renace, y vuelve a volar.

 

Rolando Matias

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